Blog de D. Javier

¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero!

Homilía del domingo III de Adviento (año C)

Celebramos el domingo Gaudete, como nos lo recuerdan claramente la primera y la segunda lectura. El Evangelio parece ir por otro lado, pero no.

Partimos de un hecho: hoy día se confunde la alegría de la que habla el Evangelio con la del mundo; y es porque se ha cambiado la lógica: si Jesús propone la alegría del dar y de la abnegación, el mundo la ofrece a base del tener y del sentir, de emociones fuertes que sacien el momento, de una mala mentalidad carpe diem, entendida de un modo poco cristiano. Y, en este camino de Adviento con María, tras haber hablado de su apertura a la gracia y de su condición de quicio y camino de nuestra fe, vamos a reflexionar sobre una de esas cosas sin la cual no es posible la alegría cristiana: el silencio. Que es la renuncia, incluso, a la propia voz, exterior e interior, para permitir que el susurro de Dios llegue a nuestro corazón.

Las cosas más importantes de la historia han tenido su origen en el silencio. ¿Alguien se imagina la Anunciación en un contexto de ruido y jolgorio? Evidentemente no. Más bien del Evangelio emana una gran intimidad que sólo es posible en el silencio. Pues, del mismo modo, si queremos escuchar a Dios y que Jesús nazca en nuestros corazones, debemos cultivar esa intimidad silenciosa con Dios. Es lo que hacía Jesús, que se iba a la montaña a orar, ¡al silencio! No comprendemos que el silencio es el primer lenguaje de Dios, ya que choca radicalmente con nuestra mentalidad. Exigimos permanentemente a Dios que nos hable, olvidándonos de que vivimos con demasiado ruido, que son demasiadas las frecuencias que ocupan nuestros oídos y que estamos incapacitados para escucharle. Dios espera nuestro silencio para revelarse.

Dios es amor y habita en el silencio. El amor habita en el silencio. Pensad en esos momentos en que las palabras ya no pueden expresar el amor que lleváis en el corazón, que son insuficientes. Esos momentos en los que simplemente queréis un abrazo bien sentido y no meras palabras; o esas miradas que expresan mucho más que una verborrea maravillosa. Creo que esto expresa perfectamente cómo en el silencio se puede expresar mucho más que con las palabras. El asunto es que, para comprenderlo, hay que profundizar en el silencio… y esto tantas veces duele. Pero mirad a Jesús en el proceso que le lleva a la Cruz. Ya no hay palabras más que aquellas que le revelan como quien es: el Mesías. En los demás instantes guarda silencio. Y, junto a él, María, que guarda silencio también. En apariencia, las palabras las utiliza el fuerte, pero lo cierto es que el más fuerte de la historia, el Señor, en su juicio apenas habla y guarda silencio.

Hemos caído en el utilitarismo, dejando de lado el sentido per sé de las cosas. Incluso en la oración y la vida litúrgica, que debieran ser expresión del misterio de Dios. Si tal oración no me sirve para algo, no la quiero; si no me hace llorar o me hace sentir, no la quiero; si Dios no me concede esto o lo otro, es malo. ¡Eso es un error! La relación con Dios no se puede humanizar, no se puede pretender hacerla horizontal, como si Dios fuera uno más. Como si a Dios le gustaran los conciertos, ya sea en misa o en una adoración. ¡El ruido! ¡No! Hay que vivir del sentido primordial de las cosas y ver, por ejemplo, cómo la misa debiera ser la expresión del anhelo más profundo del alma que se adentra en el misterio de Dios. Un misterio que se vive en el silencio y del cual llega la única Palabra verdadera y que da sentido a todo. Pensad, ¿quién es Jesucristo? ¡El Logos! ¡La Palabra de Dios! Y toda palabra, sin silencio, no puede ser escuchada. Tampoco Jesucristo.

El silencio nos da miedo, la conquista del silencio supone un combate; se precisa coraje y traspasar barreras interiores que hacen temblar nuestra interioridad utilitarista. Incluso nos entra ansiedad a veces. Traspasemos esa barrera, fiémonos de Dios y contemplemos qué le ocurre a la persona silenciosa encarnada en María: va creciendo en la fe y en la comprensión derivada de esta. El silencio de María acaba siendo un grito de amor eterno.

Por eso, en esta semana que nos queda de Adviento, intentemos poner ese silencio necesario en nuestro interior en compañía de Jesús y de María y de José camino a Belén. Al principio escuchareis vuestro papagayo interior repasando las mil y una cosas que tenéis que hacer. No pasa nada, perseverad. Silencio en presencia de Dios. En serio, por favor, guardemos espacios de silencio para penetrar en ese lugar recóndito donde Dios nos espera para regalarnos la alegría.

Homilía del domingo II de Adviento (año C)

La semana pasada hablábamos de la fe de María, de cómo ella era ejemplo de acogida, de apertura a la gracia del Señor, de que creer es más importante que comprender, pues ya que Dios es inefable e inabarcable.

Esta semana vamos a dar un paso más, partiendo de una cosa que nos ha dicho san Pablo en la carta a los filipenses: “Ésta es nuestra confianza: que el que ha iniciado la buena obra en vosotros, Él mismo la llevará a término”. Ya no es sólo ponerse en camino, sino también percibir un final desde una certeza que vemos realizada en María: quien se deja enamorar por Dios, quien permite que Él tome las riendas de su vida, tendrá la gracia y la ayuda para alcanzar la plenitud que su corazón anhela.

La cuestión capital es comprender qué es convertirse y cómo la conversión es algo del día a día. A veces la Escritura, como el Evangelio de hoy, insiste en la historicidad de ciertos relatos, como diciéndonos: ¡Hey! Que esto va del día a día, que no va de un día en que decidí ser cristiano y me olvido.  De hecho, la verdadera conversión que nos enseña María implica que su creer le lleva a poner precisamente su fe en Dios como epicentro de su existencia, aún en la incomprensión. Y esto se vive todos los días.

Y aquí surge la pregunta que nos tenemos que hacer de la mano de María: ¿la fe es el centro de mi vida o no? O, siguiendo a san Pablo: ¿dejo que el Señor lleve a término la obra que inició en mí el día en que tomó posesión de mi persona en el Bautismo?, ¿colaboro con la gracia de Dios o no?

No nos confundamos a la hora de comprender la conversión propia del Adviento: se trata de creer de verdad que no hay nada más importante que Dios y vivir conforme a Él. Que todo, trabajo, vida social, ocio, relaciones… todo, debe partir de la fe. Es lo que hizo María desde la Anunciación especialmente: su vida pasó a ser la de Jesús, como os decía la semana pasada. Preguntado de otro modo: ¿hago hueco a Dios en mi agenda o planifico mi vida desde Él? Una gran piedra de toque, como me habéis escuchado alguna vez, es cómo vivimos el domingo. ¿Como día que cimienta mi semana desde Dios o como día de evasión que incluye la depresión vespertina porque llega el lunes?

Pues bien, para esta conversión a la que nos llama también el Bautista hoy, María es absolutamente fundamental. Recordad el episodio de las bodas de Caná. Ella es la provoca el primer milagro público del Señor, ese tras el cual, dice el evangelista, que estaba allí y algo sabía de lo que llevaban por dentro aquel día: “y sus discípulos creyeron en Él”.

Hay un hecho claro: sin una gran presencia de María claro que puede haber fe en Jesús, pero ella es el camino privilegiado y más corto. María es como una lección clave en un curso académico y que seguro será pregunta de examen. Pensad que ella fue el instrumento elegido por Dios para su encarnación y también para que los discípulos creyeran en Jesús en Caná, como acabo de decir. Por tanto, ¡qué no podría ser para nosotros!

Por eso, si la semana pasada la poníamos como ejemplo de fe, esta semana, partiendo de ese ejemplo, ponemos a la virgen como camino para crear en nosotros una fe recia y sólida, capaz de mover montañas, capaz de impregnar toda nuestra existencia y superar toda dificultad. María nos garantiza que la obra que Dios inició en nosotros pueda llegar a término. Por eso, cuando necesitemos más fe, acudamos a ella; cuando el grito del Bautista nos suene a chino, acudamos a ella; cuando no seamos capaces de creer que, como dice el profeta Baruc, podemos despojarnos del vestido de luto en nuestra vida, acudamos a ella.

Insisto, el Señor, el buen Dios, ha previsto a María como puente entre él y nosotros: aprovechémoslo. Acoger a María es acoger a la llena de gracia, es, siempre, querer colaborar con la gracia de Dios para nosotros. Esta semana vamos a cuidar nuestra piedad mariana, especialmente en el rezo del Ángelus y de las tres avemarías de la noche. Agarrados a ella, descubriremos unos brazos de madre que nos llevan a Jesús.

Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María es uno de esos días en que la esperanza del cristiano reluce de un modo palpable. Tenemos a una de nosotros, a una madre, que ha vencido al pecado, ese pecado ante el cual nosotros perdemos la batalla, por desgracia, tan a menudo. Gracias a Dios, la vida es mucho más que unas pocas batallas, y en María contemplamos que hay una guerra que sí podemos ganar gracias a unas actitudes que vemos en la Inmaculada y que son la clave para ir al Cielo y vivir de un amor eterno junto a Dios y quienes se acogen a su misericordia.

Dice la Escritura que Dios es amor; es plenitud; y es vida. En este sentido, entendiendo el pecado como lo contrario al designio de Dios, comprenderemos que el pecado es, ante todo, una falta de amor, un vacío en ese corazón nuestro que está llamado a llenarse. Además, dice Jesús que el mandamiento principal es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. De aquí concluimos rápidamente, que el pecado destroza la unión del hombre con Dios y la comunión entre los hombres entre sí, como hemos visto en la primera lectura. Pero también con uno mismo. Y esto es algo ante lo cual debemos luchar permanentemente.

La pregunta hoy es, ¿cómo vivió esto María? O, mejor dicho, ¿por qué no pecó como Eva? Muy sencillo: porque hizo de la fe el epicentro de su existencia. La fe en el amor de Dios fue el motor de su vida. Ser inmaculado es vivir en la pureza que Dios quiere para nosotros en la triple dimensión crucificada de la que acabo de hablar. Y, ¿dónde nosotros podemos intentar vivir de esto de reorientarnos a Dios? En el sacramento de la Confesión.

A mí, como confesor y acompañante espiritual, me preocupa y llama la atención la carencia del sentido de pecado y la vivencia excesivamente ocasional de este sacramento. En ocasiones vivimos este sacramento instituido por el Señor para la pureza del alma en mínimos absolutos.

Pensad qué pasaría en una familia en la que sólo se pidiera perdón cuando hay una falta de amor tan grande que provoca una separación grave, que es lo que provoca el pecado mortal. Pues que sería un horror. Habitualmente, cualquier persona en sus cabales y que no sea narcisista perdida, lucha por pedir perdón a su cónyuge, sus padres, hijos, hermanos, amigos, etc. Sin embargo, pensamos que Dios no necesita nuestro perdón o, peor todavía, que no le ofendemos nunca, olvidando que tantas veces le olvidamos. ¿No pediríais perdón a un ser querido si pasáis de él durante un tiempo largo? Pues con Dios pasa igual.

La confesión es un acto de amor; de delicadeza de amor. Es lavarle los pies al Señor con nuestra contrición como esa mujer conmovedora del Evangelio que le lava los pies con sus lágrimas y su cabello. Es decirle que le queremos a pesar de que le olvidamos, de que tratamos mal a sus hijos, de que nos tratamos mal a nosotros mismos. El alma delicada, como el marido o la mujer delicada, está atenta a las pequeñas cosas y las valora. Sabe decir te quiero cuando toca. ¡Confesarse es decirle al Señor que le queremos! El alma ruda, sólo piensa en sí misma y vive de mínimos. Y aquí se mete tantas veces la soberbia… que nos lleva a no ver nuestros pecados. La confesión es una de las mayores armas contra la soberbia, que es el pecado del demonio, según tantos Padres de la Iglesia. La Penitencia exige varios actos de humildad: hacer examen de conciencia, sinceridad al acusarse de los pecados, superar la vergüenza y obediencia al cumplir la penitencia. Y las advertencias del sacerdote, muchas veces, intentarán aletargarnos de esa anestesia vital del alma que tanto agrada al demonio.

Y, si antes he dicho que la Confesión es lavar los pies al Señor, también es lo contrario, pues, en este sacramento, el Señor derrama gracias especiales sobre nosotros. La confesión frecuente, también, de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu. Es un contacto con la misericordia de Dios que nos impulsa a ser misericordiosos.

Rechazar la confesión es rechazar la gracia de Dios. María es la llena de gracia, no lo olvidemos. Si queremos ser como ella urge recalcar la importancia de este sacramento precioso en el que todo un Dios, como en la Anunciación, quiere estar con nosotros; donde nos espera para darnos el abrazo del perdón, de la misericordia; donde quiere reinar en nosotros.

Homilía del domingo I de Adviento (año C)

Comenzamos hoy el tiempo de Adviento y, con él, el camino, junto a María, a Jesús, que os voy a proponer en este tiempo, animado por la iniciativa de nuestro cardenal, don Carlos Osoro, de vivir este año mariano con especial intensidad. Y comenzamos con el Evangelio de hoy, en el que se habla de ver venir al Hijo del hombre, a Jesús. Pues bien, lo primero que hay que reconocer es que, para acoger a Dios, hay que estar preparados. Y para eso necesitamos el Adviento; porque necesitamos que Jesús nazca cada día de un modo nuevo y misterioso en nuestro corazón y que sea palpable en nuestras vidas. ¡Es vital lo veamos ahora mismo o no! Y, para eso, María siempre está para ayudarnos y enseñarnos.

Lo vemos en el relato de la Anunciación: ¡María estaba preparada para decir que sí al anuncio del ángel! Y, ¿por qué? Hombre, -me diréis- es la sin pecado concebida. Y yo digo, sí, perfecto. Pero, ¿acaso Eva fue concebida en pecado? El tema es que María, como dicen tradiciones antiguas, estaba consagrada a Dios desde pequeñita y, lo que es más importante, era una buscadora de Dios. María buscó y detectó que su corazón estaba hecho para algo más y vivía con esa certidumbre de saber que el buen Dios, el Dios de Abrahán, de Moisés, del rey David… el Dios de la promesa, tenía un plan para ella. Como lo tiene, por cierto, para todos nosotros.

Desde esa certeza, María, primero acogió en su corazón la promesa y se abrió a la novedad siempre radical que Dios le pudiera mostrar. Sólo así pudo reconocer en la voz del ángel a Dios: ¡Estaba familiarizada con Él! Conocía la promesa, las Escrituras, los salmos, la manera en que el Señor nos habla. Y así, tras acoger primero a Dios en su corazón, pudo acogerle en su vientre pronunciando ese fiat que cambió la historia de los hombres.

Pudo ver a todo un Dios crecer en su seno y, más tarde, en sus brazos. Y tuvo que volver a acoger y aceptar a Dios cada día: cuando no entendía por qué Jesús se queda en el Templo provocándoles el disgusto a ella y a san José; o cuando Jesús se va de casa y comienza a abrirse un abismo casi infinito entre ella y su propio hijo.

María hace suyas las dificultades de Jesús, también las que éste encuentra en su misión. Su vida es, sin duda, la de su hijo, pero no con una verdadera comprensión. Lo dice claramente san Lucas tras el episodio del niño perdido y hallado en el templo: sus padres no comprendían y María iba guardando las cosas en su corazón. Tuvo que aprender a ser discípula y aceptar el abismo entre la criatura, por muy excelsa que sea, y Dios.

Y María acepta y comprende que hay algo más importante que la comprensión: creer. La fe de María resalta todavía más en el silencio que le atribuyen los evangelistas. Su silencio grita compañía al Señor, la compañía de la fe, acogida perenne del Señor. Toda la vida del Señor está rodeada por la cercanía de María, que, a pesar de todo, guarda un impresionante silencio. María es ejemplo que nos ayuda a comprender que la mayor de las plenitudes es acoger al Señor tal y como Él se nos quiera presentar y no pretender maniatar a Dios en nuestros esquemas. Dios siempre más y necesitamos la fe para superar los abismos que se abren entre la inmensidad de Dios y nosotros.

Por eso Jesús dirá que su madre es dichosa no ya por acogerle en su pecho, sino por cumplir la voluntad de Dios. Por tener fe en el buen Dios. Ahí, María, vuelve a ser ejemplo de acogida y escucha. Ella es la que ha creído, la que ha esperado, la que ha tenido fe en Cristo cuando había que creer en lo que parecía imposible. Como Abrahán, cuando confió en Dios y fue capaz de entregar a Isaac al sacrificio; como Dios tiene fe en la humanidad, tanta que es capaz de entregar a su propio hijo. Y ahí encontramos a María: negándose a sí misma por la fe para acogernos como hijos en el momento del gran desgarro respecto a su hijo en la Cruz.

Vamos a pedir a la virgen que nos ayude a abrir los ojos de la fe para creer como ella, aún en la aparente desesperanza. Que ella sea luz que nos alumbre para ver el rostro más bello que jamás ha habido y habrá: el de Jesucristo. Aquel que, aún desfigurado en la cruz, era expresión plena del amor de Dios a los hombres.


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